¿Intervencionismo o libertad?
- Edgar Quiroz

- 5 ene
- 5 Min. de lectura
Venezuela y la ventana que no se puede desperdiciar
Hay días en los que no se celebra una idea; se celebra un respiro. Hoy, con Venezuela, sería hipócrita fingir indiferencia, pues podemos ver venezolanos, en su país y algunos otros que han sido exiliados, que están contentos, incluso aliviados, porque la ausencia de Nicolás Maduro abre una posibilidad que parecía imposible: volver a imaginar un futuro sin miedo.

No es poca cosa.
Durante años hemos visto cómo un gobierno puede convertir al Estado en un instrumento que satisface intereses personales; instituciones usadas como escudos, recursos usados como premio, medios usados como coro y fuerzas armadas usadas como garantía para permanecer en el poder. Vimos decisiones que parecían absurdas cuando uno las miraba desde una lógica republicana, pero que cobraban sentido desde la lógica de control de poder. Si el poder no se limita, se acostumbra a todo. Y cuando el poder se acostumbra a todo, la vida del ciudadano se vuelve un permiso, no un derecho.
La parte humana no se debe minimizar. Pero también hay una segunda parte, igual de real. Lo que ocurrió no fue una transición ordenada; fue un golpe del poder externo. Estados Unidos intervino y removió a Maduro por la vía de una operación militar, y eso abrió una discusión inevitable: ¿esto es libertad o es intervencionismo? La respuesta debe ser real, aunque incómoda, porque pueden ser ambas cosas al mismo tiempo.
La soberanía importa… pero el abuso también
La soberanía es un principio jurídico serio. Las fronteras son demasiado importantes, así como la autodeterminación. Sin embargo, la pregunta que nadie quiere tocar por miedo a sonar incorrectos es esta:
¿Qué pasa cuando un Estado se vuelve abusivo con sus propios ciudadanos?
Si recordamos el contrato social desde su concepción, la gente cede parte de sus libertades para que el gobierno administre orden y bien común, no para que administre caprichos, privilegios o permanencia en el poder. Cuando el poder se usa para aplastar a la oposición, para castigar la crítica, para encerrar la disidencia, para empobrecer a las familias y para hacer de la lealtad una condición de supervivencia, se rompe plenamente ese contrato. Y cuando el pacto se ha roto durante tantos años, el país se vuelve una zona muy peligrosa, en donde las salidas normales dejan de existir.
Es en ese sentido donde debemos reconocer que el intervencionismo no es bueno, pero ¿de otra forma cómo? Ésta es la pregunta que muchos nos hemos hecho en voz baja, pues sabemos que, en teoría, el diálogo, la presión internacional, las negociaciones, las elecciones y una transición pactada son las vías más deseables, porque evitan sangre y reducen el conflicto nacional. El problema es que Venezuela no vivía desde la teoría; vivía en un bloqueo institucional, y cuando las puertas se cierran por dentro, el cambio no llega de buena manera.
Eso explica, sin necesariamente justificarlo, por qué hay muchos en la comunidad venezolana que hoy sienten esperanza. No es porque amen el intervencionismo, sino porque llevaban años sin ver una pequeña puerta de salida. Por eso, el debate no se debe centrar en el apoyo o la condena de lo sucedido, sino en: ¿qué se va a hacer con esa ventana que se abrió?
El riesgo real de que sólo cambie el rostro y no el régimen
Es importante que pongamos atención en lo siguiente. Lo que viene puede ser grande, pero también puede ser una trampa. Se habla de reacomodos internos, de un interinato y de continuidad administrativa. Eso tiene una lectura preocupante, porque puede significar que el sistema siga siendo el mismo y simplemente cambie de representante; es decir, que pueda continuar con un actor diferente. Y que el poder se reorganice para sobrevivir sin Maduro; inclusive, que la ausencia lo convierta en un mártir útil para su relato.
Por eso, el pueblo venezolano no necesita únicamente la caída de un hombre; necesita algo más complejo: un cambio de reglas. Para hacerlo más concreto, la libertad que viene se debe medir con preguntas directas:
¿Habrá elecciones reales, creíbles y con observación seria?
¿Habrá garantías para oposición, prensa y sociedad civil?
¿Habrá justicia sin venganza, y orden sin represión?
¿Se respetarán derechos sin usar la necesidad como moneda de cambio?
¿La supuesta ayuda externa será transición o tutela? Porque una cosa es apoyar a un pueblo y otra muy distinta es administrar un país.
México: momento de observar y aprender
Para nuestro país, esta historia no es nada ajena. Aquí viven muchos venezolanos que llegaron huyendo, no en busca de lujos, sino de libertad, buscando una vida más tranquila, más estable, más humana. No podemos simplemente mirar su dolor como un tema de otro país; son personas, como nosotros, que trabajan, que estudian, que construyen. Merecen todo nuestro respeto y, sí, nuestra solidaridad.
Venezuela también es un espejo político para nosotros. No se trata de izquierda o derecha; esa discusión es superficial. Lo que realmente debemos discutir es: ¿qué pasa cuando un país normaliza que el poder lo es todo y los límites se convierten en un estorbo? ¿Qué pasa cuando se captura la conversación pública, cuando se polariza para poder gobernar, cuando se vende el bien común a cambio de lealtad política, cuando se premia el aplauso y se castiga la crítica?
México no puede darse el lujo de no aprender o de tardarse en comprender lo que sucede. La ayuda social es necesaria para quien verdaderamente la necesita; eso es parte de lo que un Estado debería proteger. Pero cuando se vuelve moneda de cambio, deja de ser política pública y se vuelve una herramienta de control. Y ese es el primer paso hacia una cultura en donde el ciudadano ya no exige derechos; por el contrario, pide favores. Y un país de favores es un país totalmente vulnerable.
Debo concluir diciendo que hoy muchos hermanos venezolanos sienten esperanza. La entiendo, la respeto y la comparto, porque nadie merece vivir bajo un régimen que confunde el Estado con la propiedad privada. La responsabilidad de este análisis es decir la verdad completa: esta ventana aún no garantiza la libertad; sólo la permite.
La libertad no se consuma con un operativo. Se construye con una transición, con reglas, con plazos, con garantías y urnas. Si Venezuela lo logra, será un renacimiento. De modo contrario, sólo será otro capítulo del mismo poder, con otra cara y el mismo daño.
Nosotros, en México, haríamos muy bien en mirar con atención, porque la historia no avisa cuando va a repetirse; sólo nos manda señales. Y lo que hoy podemos ver es una señal enorme.
Aprovecho para enviar un fuerte abrazo a mis conocidos, familiares y amigos venezolanos. Fuerza.
EAQG






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